LAS CABEZAS Y EL GRAN SECRETO
23 12 09 - 20:03
El Baphomet era, quizá, la Cabeza del Anciano, el chokmak hebreo -término que quiere decir Sabiduría, al que se identifica con el Adam Kadmon -hombre celestial- esencia suprema de la creación, también llamado Cabeza de todas las Cabezas, denotativo aplicado al Anciano de los Ancianos.
Estamos en presencia de lo Oculto de lo Oculto y lo Escondido de lo Escondido.
Se trata, tal vez, del cráneo de la Cabeza Blanca (Resha Hivra en hebreo) que en la Cábala es considerado como el más excelso de los sephirot y en el cual, según el Zohar, coexisten en cada momento miríadas de mundos.
Dados los contactos que los templarios -o cuando menos, la parte más esotérica de esa Orden militar- mantuvieron por extenso con todas las ramas de la mística, es muy posible que el objetivo último de sus investigaciones y trabajos fuera lograr esa transformación de los adeptos y el conocimiento del Universo en el que se comprenden las miríadas de mundos.

Bien se puede considerar ese conocimiento como la Cabeza de todas las Cabezas y como un objetivo absolutamente secreto, reservado y destinado tan solo a unos pocos escogidos.
Sin embargo, también cabe la posibilidad de que Baphomet fuera realmente, como se afirmó por algunos, la cabeza momificada de Juan el Bautista que se hubiera conservado a lo largo de los siglos, siendo más tarde encontrada por los caballeros del Temple junto a otros objetos de extraordinaria importancia, en el entorno de ciertas ruinas, en Jerusalem.

El carácter y las propiedades extraordinarias atribuidos a las cabezas y calaveras puede mostrarse de muchas maneras diferentes. En ocasiones se trata de auténticos almacenes de cráneos que, de pronto, surgen frente a los asombrados ojos de sus descubridores. Porque muy pocos espectáculos poseen la fuerza y el poder impactante que ofrecen hileras e hileras de calaveras alineadas en filas y rangos o, simplemente, amontonadas sin propósito ni concierto.
Tal vez lo que ocurre es que, siendo el cráneo la parte del esqueleto humano y animal que mejor suele resistir el paso del tiempo y la acción destructora de los agentes del entorno, la constancia de su aparición siempre termina por sorprendernos e inquietarnos.

Las cabezas descarnadas, o simplemente cortadas y separadas de sus cuerpos, siempre han sido objeto de un cierto cuidado. En la edad media, durante la época de las grandes pestes, ciertas compañías o huestes de individuos un tanto misteriosos, se dedicaban a cortar las cabezas de aquellos cuerpos -vivos o difuntos- que encontraban a su paso por las calles y plazas de las villas y ciudades devastadas por las epidemias, para evitar -según decían- que los muertos resucitaran y que los enfermos pudiesen contagiar con su enfermedad a los todavía vivos. Los Perros de Dios, así se llamaban algunas de aquellas huestes y sus hazañas predatoras se narran en crónicas de la época, como las recogidas por Bletameron el Hirusita.

Los Perros -o Lobos- de Dios, puesto que de ambas formas eran denominados, se aseguraban así de ser conocidos y temidos, pues sus espeluznantes cosechas de cabezas casi siempre quedaban depositadas como testimonio de aquellas siniestras cacerías, en alguna plaza o frente a la puerta de las iglesias, donde todo el mundo pudiera verlas.
Sabemos hoy que estas cabezas fueron enterradas apresuradamente en fosas comunes por los aterrorizados ciudadanos, en ocasiones en el cementerio y a veces en los mismos lugares en los que fueron encontradas, de manera que con el paso del tiempo -años y a veces, siglos- se hallaba de repente un depósito de cráneos al excavar los cimientos de una casa o al hundirse el terreno por algún movimiento de tierras, dando lugar a las más fantásticas especulaciones sobre supuestos crímenes rituales, si bien, en este caso, las especulaciones no andaban demasiado descaminadas en lo que al crimen y a la ritualidad se refieren, pues los Perros de Dios acabaron por no hacer demasiados distingos en su faena, terminando de esta brutal y expeditiva manera con cualquier desdichado que pudiera cruzarse en su camino.
Los depósitos de cráneos pueden guardar, por tanto, muchos secretos olvidados. Ciertos de ellos un tanto banales, es verdad, pero algunos otros bien siniestros, que mejor sería, tal vez, no remover. En cualquier caso, esos secretos son dificiles de franquear y suelen permanecer bien guardados allí, entre las silenciosas muecas y en medio de las sombras de órbitas vacías que contemplan al intruso.
¿Qué pueden querer decirnos? En primer lugar, nos indican que existe un tiempo y un espacio de los muertos, de la misma manera que existen muertos sin tiempo ni espacio; muertos, por así decirlo, arrojados al vacío, en continua e interminable migración... ¿Cómo no pensar entonces en la cabeza del vampiro?
La cabeza del vampiro es su arma y su razón de existir, ya que únicamente puede justificar esa existencia suya propagando el morbo que le afecta. El mordisco es la imágen comunmente conocida. Pero el auténtico vampiro es mucho más sutil. Absorbe el fluido vital de su víctima casi siempre a distancia, sin tocarla siquiera. Sin embargo, la acción de morder viene a constituir toda una metáfora que justifica y explica en parte la propagación de las cabezas malditas.
El contacto físico llega así a justificar y rubricar la existencia del monstruo, a convertirse en el soporte material de su comportamiento. De manera que la cabeza del vampiro es asimismo partícipe del Gran Secreto. En esta figura siniestra y temible se dan a un tiempo el carácter y la condición de los predadores, junto a la necesidad y el impulso irresistible de contagiar el mal que llevan consigo.
Sin embargo, la cabeza del vampiro representa como pocas el Gran Saber. Se trata del conocimiento secreto guardado por el Dragón, que permite no solo la supervivencia, sino el renacer del monstruo, llegado el caso. Si el vampiro es para algunos la imágen más auténtica de la Humanidad en perpetua búsqueda de su alma, la cabeza del monstruo debe dejar de ser cuanto antes una fantasmagoría de lo imaginario, ya que, por su propio poder, es capaz de unirse de nuevo, al menor descuido, a la menor oportunidad, con el cuerpo decapitado que aguarda en su tumba.
Porque, incluso entre los vampiros más temibles, un cuerpo sin cabeza es también un cuerpo sin alma.
De Lo Paradójico y lo Sagrado:Cabezas, máscaras y dioses. J.L.Cardero
















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