POMP AND CIRCUMSTANCE
21 07 09 - 21:20
Si tu me preguntas: ¿Qué es ésto?
Te diré: Es el loco murmullo del Abismo.
Mientras volaban los ecos de sus pasos por la calle estrecha, las sombras cayeron sobre la catedral. Lentamente se apagaron el amarillo y el añil de los líquenes y de las flores salvajes que anidaban entre las ruinosas hiladas de sillares de muros y contrafuertes. Ya no atravesaban el espacio flechas de golondrinas ni vencejos. También las palomas interrumpieron sus arrullos y sólo se veía, de vez en cuando, el trazo incierto de algún que otro murciélago, sobresaltando el aire quieto con sus aleteos.

Si Aquello había podido soportar la luz del sol, mostrándose en toda su hediondez ante el limpio azul del verano. Si con su presencia no se desataron los cielos ni se abrió la tierra cuando todavía podían verse las cosas cara a cara y detalladamente. Si el primer observador, con temblores y arcadas que conmovieron todo su ser -según lo relatan fielmente las Crónicas de Bletamerón el Hirusita- casi no fue capaz de resistir entonces el hálito envenenado de su contorno blasfemo, ¿Que sucedería -pregunto- que sucedería al extinguirse la claridad y cuando recuperase pleno dominio la oscuridad de la noche?
Un vaso de vino y una tapa. Otro vaso de vino y otra tapa. Lo inquietante no era el afán del alcohol recorrido sin tregua, ni el peso del estómago que se acentuaba como si la condenada víscera fuese a salir por los pies... Válgame... ¿Para qué todo ese trasiego con los infolios del archivo encuadernados en vieja piel de vaca, persiguiendo aquella pesadilla, revelada siempre como un funesto azar?
Era la quinta, tal vez la duodécima o la vigésimo primera taberna que le acogía ahora y sin saber como. Pero al menos, no era la oscuridad ni, por un momento, la sorda pulsación que habitaba en los sonidos reflejados por las viejas piedras.
¿Podía aquello perseguirle a él, cuando con tanto cuidado cerrara las entradas y pese a que se había resistido sin esfuerzo aparente para no observar de nuevo la ilustración semiborrada que...?
Lo más sospechoso -debería haber pensado en ello- era tanta facilidad, la abundancia de buenas maneras y de juego limpio. Una simple invocación y ya está.
¡Claro que podía, por los Tres Reyes! ¿No lo había visto y, sobre todo, no lo sentía allí, agazapado, esperándole?

Media docena de bebedores, ciegos como él, callados como él, de qué iban a contar a nadie lo que vieran en esas noches de vagabundeo, cuando cerraban los bares y ni una miserable copa podía obtenerse aún dando su peso en oro... balbuceos susurrados apresurada y furtivamente al oído... levísimas corrientes de aire gélido que lo sobresaltaban a uno como si algún descarnado fantasma estuviese a punto de posar la mano sobre el hombro del paseante... esas sombras fugitivas, escondidas en la esquina oscura de la calle... la presencia, primero presentida, luego adivinada, siempre sospechada un poco más allá, donde la luz de los faroles perdía intensidad y el miedo poblaba de misterios sin nombre los rincones ocultos...
Cuan desconocida resultaba entonces la Ciudad. Qué extraños caminos podían abrirse allí donde, brillando el sol, yacían plazas y callejuelas transitadas por gentes comunes, yendo y viniendo a sus afanes y quehaceres, sin sospechar siquiera...
Bajo una lámpara mortecina, vencido por los vapores del alcohol y casi invisible a través de la humareda que llenaba el local, extrajo del bolsillo un papel arrugado. Las letras desteñidas, casi ilegibles, conscientes tal vez del peligro que encerraban en sus rasgos, bailaron ante sus ojos una loca danza, como si se resistieran a transmitir el significado para cuya consecución última habían sido trazadas. Se obligó a leer una vez más, ayudándose con los labios, pronunciando los nombres de manera que, al principio, su voz salió ronca y cavernosa entre un hálito de vino. Por Caín, pensó, estoy bastante cocido como para emprender un camino iniciático con sus mil pruebas.
Los clientes más cercanos lo observaron con curiosidad, pero, indiferentes, pronto volvieron a sus cosas.

Catalogus Haereticarum Aetas Tertia
Tironeros, Marchadores, Cacofulleros, Osteobanquitas cagionídicos, Sapoblancóferos, Urbasinones, Adamásteros, Hacedores del último día, Anodinoptéricos, Suavetraidores, Ornopredicas, Sinpecaminores, Minoritas del último estupro, Minoritas cageadores, Ursominoritas, Hermanos del chancro-color-tornado-de-rosa por la muerte, Hermanos del urinario sermón, Ortoplatitas, Memodictores, Clogenitas, Impertériturísticos, Asmofelitas, Ulisitas terciarios, Ulisitas sermomirones, Ulisitas adenoesclerosarios reformados, Areopagitas inconclusos, Areopagitas blastitas, Areopagitas quinto concilio, Sinceros denostadores, Ulviterrincos genacípavos, Trentitas primera facción, Tolerantes, Mecagoentoditas, Orinadores, Planchistas pseudoinclinados, Monederitas cajoambulantes, Billeflageladores, Histopavitas, Blemópteros, Indicoestafiladores, Servimanchadores, Begardoesperontes y Hermanofócteros del santo septiembre.
Y entonces, pronunciados ya los nombres de las diferentes configuraciones en cuyos límites la Bestia era adorada, las luces del bar se apagaron una por una, a medida que el humo, las voces y sonidos, el trasegar de alcohol barato, y hasta los mismos clientes tambaleantes e inseguros, fueron aniquilados en la oscuridad infecta del Principio.
- La Hermandad, José L. Cardero, 1990.
















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